Una buena mala suerte

Le dio las buenas noches a su mujer y se retiró a su cuarto. Dormían en habitaciones separadas desde que sus dos hijos se marcharon. Primero Javier, el más joven con diecinueve años, hacía ya dos que huyó del infierno en que su hermano mayor había convertido la casa familiar. Poco después también desapareció el mayor, Raúl, con veintiuno. A las dos y cuarto de la madrugada sonó su teléfono:

–Sí, soy yo, su padre.

La policía le notificaba que su hijo Raúl había sufrido un accidente de tráfico cuando era perseguido por un coche patrulla tras un atraco. Trataba de escapar en uno robado que estrelló contra un árbol. Lo habían trasladado en ambulancia al Hospital Provincial. No le dieron más detalles ni él preguntó. No quiso despertar a su mujer ni coger su coche. Se vistió sin apremio con la misma ropa que había dejado en una silla hacía un rato. Era febrero y ese año el frío fue muy agresivo. Salió a la calle y ese tiempo gélido congeló sus pensamientos en desorden. Enseguida encontró un taxi, se sentó y cerró los ojos.

Creo que no necesito saber más –se dijo una vez dentro– ya he visto esta película otras veces. La llamaré cuando tenga algo concreto que contarle, mientras tanto que duerma la pobre mujer. Tampoco llamaré a Javier.

En el área de urgencias dio el nombre de su hijo. La señorita de recepción miró un papel y le señaló a dos policías nacionales a los que se dirigió: respondió lo que sabía a las preguntas que le hicieron. Todo sencillo y rutinario. El herido era conocido de ellos. Solo sabían que el accidente lo dejó ensangrentado e inconsciente. Le dijeron que lo estaban operando y que su compañero copiloto murió en el acto; sin el cinturón de seguridad, medio cuerpo quedó sobre el capó y las piernas dentro del coche. Lo acompañaron a la sala de espera del quirófano y se marcharon.

Se dejó caer en una silla incómoda. Estaba solo en esa sala.

Esta vez ha sido grave, se dijo. Fue una espera larga. Durante las primeras dos horas miraba su reloj con frecuencia; después dejó de hacerlo hasta que salió el neurocirujano que le explicó las lesiones que sufría. Eran de extrema gravedad: fractura de cráneo con hematoma en algo de dentro, además de otras fracturas. La situación era crítica y el pronóstico muy desfavorable. Podría verlo cuando estuviera instalado en la UCI. Le indicó la sala donde le avisarían. Volvió a sentarse resignado a esperar otra vez. Se oían los aparatos del interior y voces del personal. Sintió amargura y desesperanza. El hartazgo dejó paso a una tristeza inesperada ante la sombra del final. A las seis y cuarto lo llevaron ante su hijo. Yacía en un box separado de los demás por una cortina.

Cubierto por ropa de cama solo se veían sus antebrazos, repletos de tatuajes sin resquicios como un diario de misterio, perforados por los catéteres de sueros. La cara estaba semioculta por apósitos, el vendaje craneal y el tubo del respirador. A un lado del paciente los monitores que medían su vida y al otro su padre. Lo miró fijamente un rato largo: sus ojos estaban secos y quietos, el labio inferior le temblaba como un tic involuntario y su cabeza se balanceaba como un péndulo en una leve y continua negación. Después, sus labios se movieron en susurros:

–Supongo que eres Raúl, aunque así estás irreconocible, como desde hace años. Y lo poco que se ve de tu cara, un destrozo, lo que tú has hecho con nosotros. Sí, no me mires con insolencia Raúl, nadie te llevó por ese camino. Tú solito lo elegiste. ¿Que me equivoqué contigo desde niño? ¡Pues claro que me pude equivocar! Todos los padres somos imperfectos. Pero no, Raúl, por muchas veces que me lo hayas llamado, nunca he sido un cabrón ni un dictador. Esa era tu coartada para ocultar tantas mentiras. Nadie de tu familia tiene la culpa de tus desafueros y tus maldades. Y así desde los quince años. ¡Qué hastío!

Paseó su mirada a lo largo del cuerpo casi invisible de su hijo y volvió a musitarle con el mismo tono inalterable:

–No puedo apiadarme de ti, tanto dolor me ha hecho inmune. Me pregunto qué hago aquí. Supongo que algo me debe quedar y si no es cariño, será mi conciencia, que ya podría haberse largado. ¿Me estás diciendo que te duelen mis palabras? ¿A ti que llegaste a levantarle la mano a tu madre? Sí, me lo contó bajo juramento de que no habría represalias. Y lo tuve que cumplir muy a mi pesar ¡Y aún no habías cumplido diecisiete! Es la primera vez que veo que tienes corazón, y porque lo dice esa máquina. De otra forma no lo he visto desde hace no sé qué tiempo. ¿Y qué le digo yo a tu madre? ¿Qué venga a ver este despojo que queda de ti? No Raúl, ahora no te tienes que preocupar por tu madre, ya no le quedan lágrimas para llorarte. No tuvieron fin hasta que te fuiste y solo volvías para sacarle dinero cuando yo no estaba. Para los tripis, la nieve, los picos, o como llaméis a tanta mierda química que os destruye a vosotros y vosotros a quienes os rodean. Tal vez estéis enfermos, pero vuestra enfermedad duele a otros. Si tenéis lo que queréis vosotros sois felices, pero para los demás el infierno.

¿Qué te has disculpado y pedido perdón muchas veces? ¿Otra vez la misma estafa? ¿Como el día que le regalaste a tu madre una chaqueta de lana de unos pocos euros que te sobraron del dinero que te dio el perista por su collar de perlas?

Un ruido inesperado y repentino lo sacó de su soliloquio: la alarma estridente y luminosa de un monitor. De inmediato apareció un enfermero que lo apartó y le pidió que saliera. Se sentó en la sala de nuevo sin poderse desprender de la imagen que dejaba.

¡Señor! ¡Cómo es posible que no pueda apiadarme! ¡Cómo puedo pensar que la idea de su muerte, es la de su liberación y la nuestra! ¡Qué maldición ha asolado a esta familia! ¡Por Dios, Raúl!: ¡Dame mis derechos! me reclamaste una vez. Casi nos arruinas por darte toda clase de oportunidades, clínicas de rehabilitación, psiquiatras…

Sus cábalas se detuvieron al oír que llegaba alguien a la salita de espera. Entró su hijo Javier. A él también lo había llamado la policía. Su padre le explicó la situación de su hermano y él escuchó sin aspavientos. Al terminar, ambos se callaron. El silencio lo interrumpió el enfermero que entró para informarles que Raúl había sufrido una parada cardíaca y que lo estaban intentando reanimar, pero que no creían que lo pudieran conseguir.

Su padre asintió con la cabeza y se lo agradeció al enfermero.

–Déjalo Javier por favor y llama a tu madre, le dijo al oírle decir: al final vamos a tener una buena mala suerte.

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