Un mal día
Solían decir sus propietarios, la misma familia a lo largo de muchas generaciones, que, desde hacía años, casi desde el fin de la guerra civil, en su vieja casa no ocurría nada que turbara su paz y su orden. Hasta un día en que ese sosiego se quebró muy temprano por la mañana: los gritos de Edelvina, la mujer de Venancio, despertaron a todos:
–¡Mi Venancio está muerto! repetía una y otra vez.
Venancio, era portero y jardinero de la casa en la que los dos llevaban trabajando treinta y tres años. Ocurrió un día desapacible de mucho viento racheado y lluvia incesante; Edelvina se había levantado temprano y al creerlo dormido lo dejó que descansara un poco más; pero ese descanso se iba a prolongar para siempre: al volver para despertarlo se dio cuenta de que ya no estaba con los vivos. Tras su estupor se oyeron esos gritos incontenibles.
Inmediatamente bajó Cayetana, la mayor de los hijos de los dueños, y la que se ocupaba de todos los asuntos; llamó al médico de la familia que envió a su hijo, médico también; él se acababa de jubilar.
La casa era un antiguo torreón construida con fines defensivos y transformada después en residencia solariega. Mezcla de su paso por ella de romanos, árabes y cristianos, conservaba un poco de todo, pero sin duda la joya era el torreón almenado, restaurado con gusto hacía menos de cien años y disimulada la parte más visible de la restauración con jazmines y dama de noche encarnados en sus piedras viejas y nuevas y perfumando la casa y sus alrededores. Varias otras dependencias se fueron agregando con el paso del tiempo. Se entraba por una cancela de hierro a un patio neoárabe; a la izquierda un recinto, amplio y abovedado, destinado a portería, comunicaba con la vivienda de Edelvina y Venancio. Una hora después de ocurrir, ya se habían congregado en ese lugar familiares del difunto en mayor número de lo esperado y algunos de los dueños a la espera del doctor. La lluvia no daba tregua ni disminuía su intensidad; las rachas fuertes y sesgadas penetraban hasta el patio empapándolo todo y convirtiendo el mármol blanco inmaculado en un barrizal marrón oscuro rayado con expansiones de pisadas por doquier.
El doctor llegó excusando su demora: esa tarde tendría lugar la petición de mano de su prometida y posterior cena de las dos familias; cuando le llamó su padre se encontraba eligiendo el anillo de compromiso que habría de entregarle. Tras elegirlo, se lo prepararon adecuadamente, lo guardó y salió.
Al llegar, pasó a ver al difunto; Edelvina lo estaba preparando con su terno gris oscuro de los domingos y de los toros, cuando era temporada; tras cerciorarse de su muerte, el doctor permitió que Edelvina continuara con la preparación y se marchó jurando que volvería en media hora.
–Estará preparado ¿verdad? -preguntó a la señora Edelvina.
–No tenga usted cuidado, doctor.
–¡Es que hoy es un día de locos para mí!
–¡Qué me va usted a contar, Don Anselmo!
Mientras lo vestían, alguien aconsejó a Edelvina, advertir a los señores de la casa que se anunciaba la llegada de la tía Amelinda, la hermana mayor de Venancio, el finado. De ochenta y tres años, decía su familia que sufría soponcios de corta duración en los momentos emotivos de cualquiera que fuera tan solo un conocido, y crisis de llanto con desvanecimientos más prolongados en las muertes de parentesco cercano; una prima de cuarto grado pertenecía a ese rango. Uno de los familiares se encargaba de traer un trapo mojado en amoníaco para un eventual soponcio.
Advirtieron a Doña Cayetana de ello; torció el gesto y les dijo:
–Si ocurre algo así, yo me encargaré de calmarla.
A la media hora volvió el doctor. Venancio estaba ya en su ataúd. El médico, perplejo, quiso sacarlo de nuevo para un mejor cumplimiento con las normas forenses, pero ante la total evidencia de lo sucedido, y la resistencia de todos, consintió en que lo que tenía que hacer lo haría "in situ", así lo expresó. Se puso unos guantes de látex, hizo salir de la habitación a todos excepto a Edelvina y Doña Cayetana, y procedió a la mascarada de explorarlo con las manos enguantadas y el fonendo sobre la camisa. Lo palpó también moviéndolo por la parte de atrás, provocando ruidos por flatulencias y gases escapando del tracto intestinal por el recto, frecuentes en recién fallecidos; el susto de Edelvina y el desagrado de Doña Cayetana, enfermera veterana y en ejercicio, le hizo dirigirse al médico.
–Anselmito –le dijo– corta ya que no hace falta que sigas con el paripé.
–Vale, pero hay que estar seguro.
–Claro, claro, pues ya lo estamos. Firma el certificado, que tienes un día complejo, y te vas. Yo me ocupo de lo demás.
Don Ansemo Jr, se marchó aliviado.
Poco después se oyó un tumulto nervioso: la temida tía Amelinda, llegaba rodeada por algunos familiares y seguida a distancia por su marido, más joven que ella e indiferente a su esposa, a su cuñado fallecido y a todo lo que estaba ocurriendo. Amelinda, sin saludar a nadie se abalanzó sobre el féretro con un llanto escandaloso. Todos los familiares se separaron para dejarla sola, pero no Doña Cayetana; se acercó a ella y le pidió que tras darle un beso se sentara como los demás a velarlo. Amelinda la miró con ira, pero la expresión de Doña Cayetana, disuadió su protesta. Se sentó y comenzó a emitir sonidos y jadeos a los que nadie hacía caso salvo el del pañuelo con amoniaco que se lo colocó ante la nariz; ella lo rechazó de un manotazo. Al observarla Doña Cayetana, no le gustó su aspecto pálido y ordenó que la acostaran; le tomó el pulso que era lento y débil y ordenó llamar inmediatamente al médico. Doña Cayetana le contó brevemente lo ocurrido:
–Precisamente estoy volviendo; he perdido el anillo de compromiso y debe estar por ahí en algún sitio.
–Pues date prisa a ver si no tenemos más disgustos.
–Vale, pero tengo que encontrar el anillo, me ha costado 3.000 euros y se lo tengo que dar esta noche. Las dos familias nos reunimos a cenar.
–Pues vaya día te ha tocado.
–¿Te parece grave lo de la tía?
–No lo creo.
Y así fue.
Cuando llegó Don Anselmo, Doña Amelinda mejoraba espontáneamente. El doctor dijo que había sufrido un síncope del que se iba a recuperar y que él esperaría a su recuperación; ese tiempo lo aprovechó para emprender la búsqueda de su anillo. No fue fácil encontrarlo; pero su imperiosa necesidad lo llevó, tras revolver en todos los lugares posibles, a hurgar en el menos probable: el féretro del finado. Evelinda y sus hijos, lo miraban con rabia, pero no dijeron nada. Tardó solo unos minutos: allí estaba, lo encontró y se lo guardó. Ni explicó, porque no lo sabía, ni le preguntaron cómo había llegado hasta allí el anillo.
Esa tarde, cuando remitía la tormenta, el ataúd del infortunado Venancio, rodeado de cuatro candeleros, fue velado en silencio por parte de su familia y la de los propietarios que se turnaban. Al día siguiente, temprano, salió el furgón funerario hacia su pueblo en la sierra.
Curiosamente los relojes de la casa, tanto los de pared como los bracket de sobremesa, siempre exactos y sincrónicos, parecían haber enloquecido. No marcaban, como siempre, la misma hora. Las diferencias eran llamativas.
En la comida del día siguiente, el jefe de la familia, padre y abuelo de muchos, dijo que su casa ya no era la que fue:
-Es tiempo de que el siguiente recupere lo que se ha perdido en estos últimos años de guerra y mayor desorden
Nadie de la familia entendió del todo su alusión, pero pocos días después, él también se marchaba para siempre.