Suricatos. Un cuento infantil
Mi padre se llama Alejandro y me ha llevado muchas veces a África porque él hace fotos y películas de animales y sabe que a mí me gustan mucho y que quiero hacer lo mismo cuando sea mayor. Mi madre se llama Marta y antes venía, pero cuando me pasó esa cosa tan rara no estaba porque se tuvo que quedar con mi hermana Raquel, que solo tiene un año, aunque le falta poco para tener dos.
Yo tengo nueve y también me llamo Alejandro; desde que era pequeño mi padre me compraba libros de los animales que viven en los sitios adonde íbamos; hemos estado en muchos países de Africa, que es donde mi padre hace las fotos y las películas. Dice que también iremos a la selva más grande del mundo que está en América, para hacer películas de unos leopardos enormes que se llaman jaguares y cuando son negros panteras. A mí me gustan mucho esos libros y los leo varias veces y mi padre me pregunta el nombre de los animales y cosas sobre ellos. El sonríe cuando yo acierto y ve que voy aprendiendo; y cuando vamos a hacer las películas cada vez que vemos animales me pregunta:
–¿Qué son esos, Alejandro? y yo le contesto –son Impalas, papá– y me pregunta otra vez –¿y qué clase de animales son? y yo se lo digo –son antílopes– ¿y quienes los atacan y se los comen? –los leones y los leopardos, papá– y me dice –¿solo? y entonces me acuerdo y se lo digo –ah, sí, y los licaones, y creo que las hienas también– ¿no? y me contesta y se sonríe y me dice que las hienas son buenas cazadoras y no solo carroñeras como la gente cree, y que si yo sé lo que quiere decir carroñeras y le digo:
–Sí papá, que se comen animales muertos, y las hienas se comen hasta los huesos y hacen caca blanca por eso– y él se ríe y me da un beso.
Cuando yo no sé alguna cosa me la explica, menos cuando vemos algo que quiere fotografiar o hacer una película; entonces me tengo que estar muy quieto y callado.
Cuando me pasó eso, estábamos en un país que se llama Namibia y que tiene dos desiertos; nosotros estábamos en el que se llama Kalahari, que está lleno de animales y de una tribu muy antigua de hombres bajitos que se llaman bosquimanos y que son los mejores cazadores del mundo.
Mi padre iba a hacer películas de unos animales muy pequeños y muy graciosos que son los suricatos o suricatas, que también se puede decir así. Viven en pandillas grandes y había encontrado una de más de cuarenta. Son muy listos y se llevan muy bien entre ellos; se ponen de pie como nosotros, y cuando los atacan se junta toda la pandi para defenderse, o casi todos porque algunos tienen que quedarse de centinelas por si vienen más atacantes.
Estuvimos varios días sin hacer nada para que se acostumbraran a vernos. Era un poco aburrido, pero mi padre decía que teníamos que hacernos amigos para que no huyeran de nosotros.
El día que iba a empezar su película, me pasó esa cosa tan rara que no sé que fue, pero yo soy el único que sabe que es verdad que me pasó.
Cuando me desperté ese día, estaba en un túnel de tierra oscuro y yo ya no era Alejandro, bueno sí porque pensaba como Alejandro, pero mi cuerpo era, no sé cómo pasó, pero ¡era un suricato!
Me moví y cuando me miré tenía patas y pelo y uñas y cola, como ellos; tuve miedo y como podía correr, pues corrí por el túnel hasta salir afuera; allí estaban muchos de la pandilla que yo conocía, bueno que los había visto los días que solo los mirábamos. Se pusieron de pie al verme y se quedaron quietos, pero después se fueron acercando, me olían y hacían ruidos, pero no los que hacen cuando avisan de algún peligro a sus colegas, eran otros, como si se alegraran de verme.
Me empujaban con el hocico de punta que tienen, bueno yo también lo tenía porque era como ellos, pero no sé cómo ocurrió; daban saltos, se ponían de pie, miraban a su alrededor y otra vez se acercaban.
Yo creo que querían jugar conmigo. Se me estaba pasando el miedo y me puse a hacer lo que hacían ellos: me puse de pie, di saltos y volteretas y me fui con unos que levantaban piedras; pero al levantar yo una me asusté porque había un escorpión debajo, y la cola y el pincho que tiene al final que se llama aguijón estaban tiesos, y las pinzas que tiene en los brazos abiertas. Me quedé quieto y vino uno que parecía el jefe y agarró al escorpión con la boca y las uñas de las manos para que no le picara y se lo comió. Mi padre me había contado que si los escorpiones pican a los suricatos no se mueren.
Yo estaba con el grupo más grande y miraba lo que hacían, pero me daba miedo hacerlo yo porque nunca lo había hecho. Ellos me miraban y seguían haciendo lo que ellos hacen siempre que es cazar mientras otros vigilan por si acaso. Comen insectos, lagartos, serpientes pequeñas y huevos de otros animales. Los que vigilaban se subían a rocas altas o montañitas de tierra desde donde veían más, sobre todo de pie.
Y cuando veían que había peligro porque se acercaba alguna serpiente peligrosa, porque los suricatos saben cuales son peligrosas, o chacales o halcones o águilas, hacían todos mucho ruido y se escondían en sus madrigueras, sobre todo si era un águila o un halcón. Yo corría con ellos a refugiarme y me quedaba dentro hasta que volvían a salir.
Por la tarde salieron a cazar casi todos, pero yo me quedé porque todavía no sabía cazar, y también se quedaron los que vigilaban.
Estaba jugando solo, cogía insectos pequeños y los soltaba y los volvía a coger, y de pronto oí gritar a los que vigilaban y no eran gritos de estar jugando si no porque habían visto algo peligroso. Me puse de pie porque podía hacerlo como ellos y vi una serpiente muy cerca de mí con la boca abierta; era medio verde medio gris y toda la boca por dentro, negra. Yo había visto algunas con mi padre y recordaba lo que siempre me decía: Ten mucho cuidado con esa serpiente, es una mamba negra, y muy, muy venenosa, una de las que más en el mundo. No lo olvides nunca, Alejandro.
Me asusté mucho y no me podía mover y la serpiente se acercaba a mí y entonces intenté hacer los ruidos que ellos hacían y me salieron muy fuertes, pero estaba tan asustado que seguía quieto y ella se acercaba más adonde yo estaba y hacía un ruido muy raro, como si me mandara callar; yo seguía haciendo mis ruidos cada vez más altos y se paraba un poco y si avanzaba yo gritaba más, pero ella estaba más cerca cada vez, y yo más asustado; pero entonces empecé a oír otros ruidos muy fuertes de suricatos y vi que llegaban muchos y me rodeaban y la mamba se paró, pero los suricatos se iban acercando a ella gritando y eran muchos y hacían muchísimo ruido y yo creo que la mamba se asustó y se fue. Se acercaron a mí y querían jugar, pero yo seguía asustado y me metí en la madriguera y me quedé dormido.
Me despertó mi padre para desayunar y vi que ya era Alejandro otra vez o sea que ya no era un suricato; le conté lo que me había ocurrido.
–Pero te fuiste a dormir cuando ya había oscurecido, Alejandro. Bueno no te preocupes, si ha pasado, ya no hay peligro. Vamos a desayunar que tenemos que ir a visitar a tus amigos y hacerles una película.