Rodrigo

Lo conocí casualmente. Estaba de pie entre un grupo de amigos, algunos de ellos comunes. Se hacía escuchar.

Era un hombre de cincuenta años, guapo y alto, de más de metro ochenta. Delgado, de buen porte y rasgos definidos. Frente amplia y pómulos prominentes bajo unos ojos verdes en los que el gris se había infiltrado. En su pelo aún abundante, se podían distinguir tres tonos, rastros de rubio, gris y blanco. Su mirada intensa y afilada, sin apenas parpadeos, provocaba en algunos una clara incomodidad Una voz honda y grave, casi de contralto, hacía difícil no escucharle. Una excepcional voz para contar historias, para recitar. Lo sabía y pensé que la utilizaba. Más tarde lo confirmé. Siempre sabía qué decir con esa voz para conseguir uno de sus objetivos más perseguidos, la mujer. Sonreía con facilidad, a veces con ruidosas carcajadas mirando a quien premiaba con ellas.

Cuando llegué, frunció el ceño y me miró. No me conocía y al no haber sido presentados se me acercó con su mano extendida:

«Soy Rodrigo», dijo, y añadió dos apellidos compuestos, seis palabras en total con preposiciones y pronombres que desprendían olor a naftalina.

«Soy pintor y poeta» añadió.

Impecablemente vestido de sastrería a medida, nada de lo que llevaba puesto desentonaba con lo demás. "Pobre sastre" me dije. Después de ese día, me incluyó en su grupo de amigos y amigas, y compartí algunas tertulias y veladas en su estudio, rodeados de bellas pinturas y abundantes autorretratos. No sé si sus obras eran buenas, muy buenas o geniales, pero todas entraban en ese rango, de acuerdo con su propio criterio.

En esas reuniones nunca faltaban asistentes de toda índole y sexo, en realidad nunca faltaba de nada. Hombre simpático y generoso, su solvencia económica las hacía más atractivas. Le gustaba plantear temas que provocaran controversias. Era entonces cuando utilizaba su ágil y sagaz inteligencia para brillar en las discusiones. Parecía, si es que no era así, que ya venía preparado para ello. Y cuando la razón se inclinaba hacia su lado sus plumas multicolores se hacían muy visibles. Pero no siempre las discusiones se resolvían con una sonrisa o una tregua. Cuando viraban y se hacían ácidas, su semblante, su tono y por encima de todo, sus palabras, se transformaban. Adquirían entonces un doble filo, para rebatir y para abatir. Era incansable en la pelea dialéctica, en ganar, siempre ganar.

Le gustaba leernos sus poemas, o mejor, que los escucháramos. Pero no era el único poeta entre los que compartíamos la velada. También sus poemas eran de una calidad incuestionable, y rara vez los retocaba, afirmaba. Vivían sin cambios tras nacer, decía. Uno de los poetas presentes le sugirió en una ocasión el cambio de alguna palabra para hacerla más asequible. Le contestó con desagrado que las palabras de sus poemas nacían con su propia muerte al lado, y no con otra ajena. Y añadía «como decía Rilke, cuando un niño nace junto a él siempre nace una pequeña muerte». Nunca investigué la exactitud de esas palabras que atribuía a Rilke

Por razones que aún desconozco, más de una vez, me invitó "pero solo a dos bandas", es decir, mano a mano. Algunas de estas discusiones que surgían en las tertulias o en nuestras charlas "a solo dos bandas", parecían oposiciones bien preparadas por su parte que solía ganar. Podía ser exasperante.

En la última de estas, ya muy cansados con los primeros rayos de sol tras una larga noche de vinos y charla, surgió una discusión cuya temperatura se elevó por el alcohol y el sueño. Al cabo de un buen rato me quedé sin ganas de buscar más argumentos y corté el tema:

«Te doy la razón, aunque no la tienes, pero lo prefiero a seguir con esta penitencia. Estoy cansado de escucharte y supongo que tú a mí» ¡Dejémoslo ya! dije.

El se reía con cierta maldad: «has vuelto a perder» me contestó.

Le respondí, como en otras ocasiones, «has vuelto a agotarme».

Junto a tantos dones que le regaló el bien, no le faltaba el gran pecado que el mal nos obsequia a todos los de nuestra especie. El primero y casi el único. En el caso de Rodrigo, era tan destacable como cualesquiera de sus cualidades, algunas ciertamente extraordinarias. Pero la modestia tan necesaria, no era una de ellas. Conseguía irritar hasta el hartazgo.

¿Por qué eres tan jodidamente vanidoso? le dije malhumorado ese día.

Su respuesta llegó desde el mismo lugar donde habitaba su pecado:

«No serlo sería un gran mérito que todavía no he alcanzado» me respondió.

«Pues no desistas de ello» respondí despidiéndome.

Desde entonces acudo poco a esas tertulias.


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