¡Qué día!

Aquella noche también dormí mal. Habíamos discutido, como siempre, por lo que no valía la pena; eran ya tantas que confundía unas con otras. Al incorporarme en la cama la miré: estaba vuelta hacia el otro lado y me pareció que abría los ojos, pero como me daba la espalda y abrirlos no hace ruido, no estaba seguro. Tal vez seguía dormida. Me levanté, me duché, me vestí y desayuné; hasta salir de la casa procuré no despertarla. Si dormía, claro. Afuera al ir al garaje noté mucho frío. Cuando salí hacia mi trabajo aún era de noche. Había placas de hielo en el asfalto. No sé por qué seguía pensando en el último mal rollo. A lo mejor habíamos llegado a un número fatídico. No el trece, tendría que ser un múltiplo porque eran muchos más. U otro, en Italia creo que es el diecisiete. Se me enredó en la cabeza ese pensamiento y el frío que hacía. Tomé la autovía hacia la fábrica sin entrar en calor; con la mano izquierda al volante y sin perder la vista de la carretera, me agaché para comprobar con la derecha si el chorro de la calefacción empezaba a calentar. Vi la luz de una moto que se acercaba en sentido contrario y que de repente debió perder el control. Se estampó contra el coche que iba delante de mí. Con un volantazo los pude evitar por la izquierda. Un bulto me sobrevoló y frené como pude a la derecha. Me temblaban las piernas, las dos, mucho. Me quité el cinturón y miré por el retrovisor: el coche de atrás con los faros aún encendidos se había salido de la carretera y el morro alumbraba un campo de cereal recién brotado como si lo hubieran rapado al uno; las ruedas de la moto habían roto el parabrisas y estaban en los asientos delanteros. No podía ver quien había dentro ni dónde estaba el de la moto. Abrí mi puerta para ir a ayudar, pero no fue posible: otro coche que llegaba por detrás la arrancó y me lanzó al exterior; me golpeé la cabeza y cuando me quise incorporar, no sé en qué momento, alguien tiraba de mis brazos. Yo solo veía rojo hasta que el mismo que me ayudaba me limpió la cara con algo. Al llegar al hospital recuperé la consciencia y empecé a recordar lo ocurrido. Me cosieron unas heridas de la frente y me hicieron pruebas. Mis lesiones no eran graves, solo contusiones y heridas, pero tenía que quedarme en observación durante veinticuatro horas.

–No, no quiero que avisen a nadie, me encuentro bien, les dije.

Llamé a mi trabajo y expliqué lo sucedido. Presté declaración como pude ante la guardia civil y le dejé un mensaje a mi abogado. Después de unas horas, llamé a Gema, mi mujer. Su contestador saltó –no estará o no querrá contestar– no insistí y le dejé un mensaje, pero no tuve respuesta. Al día siguiente cuando llegué a casa no estaba. Tampoco algunas de sus cosas: su ropa, cosas de tocador, fotos. En mi mesilla de noche encontré una carta de Gema. Era del día anterior.

Supuse que no sabría nada de lo ocurrido. Abrí el sobre y la leí: que lo sentía pero que a tomar por saco, lo del abogado, lo de recoger el resto de sus cosas y ese final tan original: «He encontrado a alguien» decía.

–Y quién no – todos encontramos a alguien– pero vaya día para contármelo.

No la llamé, y ella lo hizo sin darse prisa: la voz de mi mensaje debió parecerle tranquilizadora. Le conté lo ocurrido.

–Pero estás bien, dijo. No era una pregunta, era una afirmación.

–Magullado, pero bien, le contesté.

­­–¿Y el coche? dijo.

–No le he preguntado, pregúntale tú.

–Ya, ya veo, pues te llamará mi abogado.

–¿Y qué me va a llamar? ¡Bah! Olvídalo, dile que no me llame todavía.

Colgué, pero el que me llamó fue el mío, nervioso y alterado como si hubiera tenido un accidente.

–¿Por dónde empezamos, José Luis? –me dijo– en el juzgado de instrucción del accidente tienes un buen marrón. Y en el de primera instancia, la demanda de divorcio de Gema. Me ha dejado un mensaje.

–¿Por qué? le pregunté.

–¿Por qué qué?

–Que por qué tengo un buen marrón.

–Pues por tres denuncias: la del del motorista, que se ha roto varios huesos y al que deslumbraste con las luces largas; además según él, al invadir tu izquierda lo obligaste a frenar y una placa de hielo lo hizo derrapar y perdió el control.

–¡Eso lo dirá él! dije.

–Y la guardia civil, también. Frenadas, huellas, reconstrucción del accidente, en fin, lo de siempre. Parece claro que te desviaste a tu izquierda. ¿Es que no lo recuerdas?

–Vagamente; me fui fastidiado de mi casa y con el golpe aún tengo lagunas.

–Pues ese golpe es la segunda: aparcaste con la mitad izquierda del coche en la carretera y abriste tu puerta sin asegurarte de que no viniera nadie por atrás. También hay frenadas y el golpe del otro coche que casi arranca la puerta; todo está recogido en el atestado. El conductor está bien; fue quien te ayudó, pero te culpa. Aunque lo entiende y así lo ha declarado.

–Pues muy agradecido, menos mal. ¿Y el otro?

–Al motorista que viste volar aterrizó a tres metros, pero la moto le llegó rompiendo el parabrisas al conductor y, aunque poco, también a su señora. Han declarado que te echaste a tu izquierda y que ibas con las largas y debiste deslumbrar al motorista. Él tiene la cara…distinta, parece ser. Y un cabreo monumental. Su mujer menos daño y más cabreo.

–¿Y qué más, antes de llegar a Gema? ¿El coche?

–¡Pero si lo teníais a terceros!

–¡Lo tenía Gema, que es el suyo! El mío estaba en revisión y ella lo pensaba recoger.

–Pues vamos con Gema: quiere otro nuevo para devolverte el tuyo.

–Ya tiene otro nuevo, un novio.

–Pues quiere más para disfrutarlo mejor, pero de esto hablaremos despacio en mi despacho. ¿Le has contado todo a tus jefes?

–Sí, he llamado para decir lo que me ha ocurrido.

–O sea que les has contado todo.

–Sí, claro.

–¿Y?

–¿Y qué?

–¡Joder, José Luis! eres probador de coches en una fábrica de coches, no de turrones.

–Ya, hombre no creo…Bueno mira, vale, mañana mato a Gema y después me paso por tu bufete.

¡Crea tu página web gratis! Esta página web fue creada con Webnode. Crea tu propia web gratis hoy mismo! Comenzar