Paduquitas negras
La puerta del salón se abrió despacio y Andrés, mi nieto, asomó la cabeza y su simpática sonrisa:
–Buenos días, abuelo, ¿te interrumpo?
–En absoluto Andrés, adelante, pasa.
Dejé el libro que estaba leyendo y lo invité a sentarse. Le gustaba hablar conmigo y a mí con él, aunque nuestras charlas eran más un concurso de preguntas y respuestas que un diálogo, algo lógico que a mí me hacía disfrutar. Y así comenzó la de aquella mañana.
–Abuelo, anoche me encantó oírte contar cosas de tu vida que yo no conocía y como siempre, hablar de tus recuerdos, pero déjame preguntarte algo: ¿tú tienes un primer recuerdo? ¿tenemos todos un primer recuerdo?
–Creo Andrés, que a tu pregunta muchas personas te contestarían que no lo saben, pero en mi caso sí creo tenerlo; siempre que busco en mi memoria aparece el mismo; hay muchos otros de mi niñez más temprana pero ninguno con tanta nitidez como ese primero ni puede ser anterior; y no es un sueño, es seguro mi primer recuerdo.
–¿Me lo puedes contar, abuelo?
–Claro que sí, te lo contaré de nuevo porque ya lo hice cuando eras niño. Ese primer recuerdo debió quedar muy enraizado tanto en mi memoria como en mi corazón y siempre se ha mantenido invariable: volvíamos una noche tras pasar el día en la finca; mi padre conducía y yo iba en la parte trasera con mi madre que me llevaba en su regazo; ella pensaba que yo dormía y me cuidaba el sueño; con la palma de su mano me acariciaba el pelo y me arrullaba canturreando una melodía que a lo largo de mi vida se la oí cantar muchas veces, sobre todo a nuestra hermana pequeña que estaba enferma; por eso la recuerdo muy bien: era el tema musical de una película de los años cincuenta del siglo pasado, Moulin Rouge, que a mi madre le gustaba mucho; y como a mí, supongo, nos la cantó a todos los hermanos; creo firmemente que ésa era la melodía, aunque la identificara años después; la oí muchas veces en mi vida.
–Y si dormías, ¿cómo puedes recordarlo, abuelo?
–Porque no dormía, pero me hacía el dormido para que mi madre no detuviera su mano ni su voz; sé que estaba despierto porque tengo clara una imagen a través de la ventanilla del coche; filas interminables de olivos, los únicos árboles de esa zona, en una noche clara, imagino que de una gran luna; entonces se viajaba muy despacio por carreteras en mal estado y con coches vetustos que se averiaban con facilidad; me acuerdo bien de los refunfuños de mi padre con los baches. En esos largos años de mi infancia y mi adolescencia te daba tiempo a ver casi todo, porque todo iba más despacio; incluso el tiempo parecía durar más, como si cada hora tuviera noventa minutos.
–¿Cómo puedes recordar eso, abuelo? ¿Cuándo se empieza a recordar? ¿Desde qué edad puede nuestra memoria guardar lo que pasa en nuestra vida?
–Es difícil saberlo con certeza, Andrés; el mundo de los primeros recuerdos, los que realmente ocurrieron es muy confuso y desigual; no se suelen tener antes del tercer año de vida aunque a veces pueden aparecer desde la cuna; pero también puede ocurrir que se mezclen con sueños que convertimos en realidad, o a la inversa algunos sueños te pueden devolver algo que sí ocurrió pero que, aunque pasó al olvido, la memoria lo guardaba sin entregártelo; el sueño te lo devuelve y ya no es sueño, es un recuerdo aflorado a través de un sueño.
–Y entonces, ¿tú qué edad tendrías en ese viaje?
–No puedo saberlo; imagino que la edad en que una madre aún duerme a su hijo en el regazo.
–¿Y nunca se lo contaste? ¿No le preguntaste a tu madre si lo recordaba y cuándo ocurrió?
–No, Andrés, no creo que hubiera podido acordarse; éramos seis hermanos, así que seguro habrá dejado muchos recuerdos en cada uno como ese o parecidos. Aunque tienes razón, así de tontos somos a veces, se nos encogen los sentimientos y cuando los queremos alargar ya no alcanzan a quien nos gustaría preguntar, porque ya no está. Quien me canturreaba en susurros mientras me acariciaba la frente y el pelo hace mucho que se fue.
–La bisabuela, claro –¡qué pena no haberla conocido!– pero tú estás seguro de que ocurrió así ¿no abuelo?
–No tengo ninguna duda, Andrés: aún puedo notar su tacto sobre mi cabeza, y oír su voz que tarareaba esa música que tanto debía gustarle. Tengo muchos otros recuerdos de mi infancia, cómo no, pero el de aquel día tiene vida propia, es distinto a los demás y no ha variado en los muchos años que tiene tu abuelo.
–¿Le preguntaste alguna vez porqué le gustaba tanto esa música?
–Ni esa ni otra que también solía tararear mientras se la ponía en el tocadiscos a mi hermana pequeña: se titulaba «Tres monedas en la fuente», era como un bálsamo, la calmaba.
–¿Os dijo alguna vez tu madre qué le pasaba a tu hermana pequeña?
–Era una rara enfermedad neurológica que se la llevó pronto, aunque nunca se supo exactamente qué tenía; pero su paso por nuestra vida, siempre de la mano de nuestra madre, nos dejó muchos recuerdos, algunos tristes pero otros evocadores e imborrables: la naturalidad al tratarla como a cualquiera de nosotros incluso en lo que no era igual, y el gran amor con que la cuidó hasta su precoz final; tan solo con mirarlas cuando estaban juntas aprendimos a desechar los tics que hacia los distintos se suelen tener; hizo que para nosotros siempre fuera nuestra hermana pequeña, no nuestra hermana enferma.
–Siempre hablas de tu madre, abuelo –era muy guapa ¿verdad?– en este cuadro está guapísima.
Andrés miraba el retrato que tengo de su bisabuela y yo acompañé su mirada con la mía.
Durante unos minutos observé esa bella pintura y pensé que los pinceles no podían hacer milagros, pero cuando lo contemplaba con esos otros ojos que también dejan ver a los ciegos, la magia ocurría y los colores del cuadro cobraban vida; el beige del fondo era el color de la paciencia y la dulzura, el cálido de la piel hasta sus bonitas y cuidadas manos, la tolerancia sin límites y su extraordinaria capacidad para escuchar y comprender hasta lo incomprensible; su bello rostro del color de la serenidad y el sosiego, se fundían en un ser que supo mantener lejos de ella lo impropio o lo inadecuado a lo largo de toda su vida.
Miré a mi nieto, pero no podía expresar esos pensamientos a quien no pudo conocerla. Respondí a su pregunta:
–Está muy guapa, sí, y es sin duda un buen retrato.
–Todos la querían –¿verdad?– lo he oído decir muchas veces a quienes la conocieron.
–Sí Andrés, fue muy querida por todos; sus cosas buenas la traspasaban en un halo que iba con ella atrapando a los que la conocían. Era una mujer extraordinaria.
–Ya sé que murió muy mayor, pero he oído que antes de su muerte estuvo bastante tiempo ausente de lo que la rodeaba ¿no abuelo?
–Tienes mucha razón, no se puede expresar mejor su final.
–¿Y qué le ocurrió?
–Para mí es un gran misterio. Los últimos años de su vida tuvo algunos problemas de salud que parecían resolverse sin consecuencias, pero hubo algo que me impactó y me produjo una gran tristeza sin que haya podido saber, ni entonces ni ahora, qué fue lo que le ocurrió: estaba pasando el verano en el campo y yo iba muchos días a verla cuando terminaba mi trabajo; al llegar uno de ellos, la persona que la cuidaba me dijo que la veía rara, que no era la misma. Subí a su cuarto y al verla lo pude comprobar: en efecto a partir de ese día, mi madre nunca volvió a ser la misma; su expresión era aún más dulce de lo habitual en ella, pero su mirada, fuera ya de nosotros transitaba hacia donde nunca fuimos capaces de adivinar. Tal vez, como dices, empezó a marcharse.
A veces pienso que quiso morirse despacito para no hacernos sufrir de golpe, para acostumbrarnos a su ausencia con el menor dolor. Siempre prudente y delicada como no creo vaya a conocer a nadie más, mis recuerdos de sus últimos años lo ocupan su sonrisa como un adorno perpetuo y su mirada siempre cálida y dulce incluso cuando ya era inescrutable. Todos nos preguntábamos si alguna vez nos entendía porque esa mirada, compartida ya quizás, nos producía inquietud y desasosiego.
Como dices –y con razón– que hablo mucho de mis recuerdos te contaré uno de los últimos que me dejó mi madre y seguro su último regalo; no creo que pueda interpretarse de otra manera. A tu bisabuela, como a todas las mujeres españolas de su época, le gustaba mucho la copla, y a mí un cantante que la puso de moda entre la gente más joven; una tarde, sentado con ella y charlándole como siempre sin saber si me entendía, yo canturreaba una de esas coplas conocidas, «La Lirio», de los años cuarenta del pasado siglo que sabía que le gustaba; yo la miraba de soslayo y ella dirigía sus ojos hacia ese lugar donde se perdía su mirada; pero en un momento dado giró su cabeza y me miró; yo seguí cantando despacio y al llegar a la estrofa que dice:
«a la mar maera,
y a la Virgen cirios», la oí que con voz muy débil cantaba la siguiente:
«y pa duquitas, mare de mi alma,
pa duquitas negras,
las que tié La Lirio».
La miré y me sonrió antes de ausentarse de nuevo. Muchas otras veces lo intenté sin conseguirlo.
Hasta que un día se fue para siempre por ese camino final hacia donde quería llegar con sus anhelos y sus esperanzas. Y allí estará rodeada de tantos otros seres queridos que la esperaban.