Las abejas

Escuchamos su llanto silencioso y los dos saltamos de la cama. Al entrar en su cuarto lo vimos llorar dormido. Paula lo acarició para despertarlo:

–El mismo sueño ¿verdad Lucas? Las abejas otra vez.

Nos miró. Afirmó con la cabeza y con las últimas lágrimas de sus ojos limpios. Ya no lloraba. Bucles dorados dividían su frente.

–¿Quieres que nos quedemos contigo?

–No hace falta, gracias. Nunca lo sueño dos veces.

Cuando se durmió de nuevo, Paula me preguntó:

–Oye, Alex ¿qué puede significar ese sueño recurrente de Lucas? Nunca ha visto una abeja. Desaparecieron hace mucho tiempo.

–No lo sé, pero le fascinan. A mí me cuenta que en su sueño se adentra en una pradera de yerba verde y alta, salpicada de flores silvestres de muchos colores. Conoce sus nombres. Los aprende en los libros que lee con ansia: margaritas amarillas y blancas, jacintos, espliego, amapolas, dientes de león. Me las describe una por una. Y entre ellas, enjambres de abejas que no le permiten acercarse para olerlas o tocarlas. No le hacen nada, pero se interponen entre las flores y él. A veces, dice, lo rodean y el zumbido lo asusta. Nunca le hacen daño, pero no puede acercarse a ellas. Entonces llora y se despierta.

Era verano. Sofocante como todos. Salimos afuera y nos sentamos en el balancín, pero el viento no estaba. Muertos por la sed, todos los árboles eran del mismo oscuro de día y de noche. Solo sus sombras eran distintas. Mirábamos hacia el infinito con la luz de una luna nueva que llegaba sin obstáculos hasta la tierra. Pero nada brotaba de ella salvo esa misma tierra compacta que parecía elevarse como si en su profundidad raíces aún vivas empujaran cuajarones de tierra reseca y dura hacia arriba, en una lucha estéril por salir a un páramo de muerte. De día, todo era marrón. De noche, marrón oscuro. Casi todo había desaparecido. Los colores, el viento, la lluvia, los animales, las plantas. Nuestro hemisferio agonizaba y llegar al norte no era llegar sino morir. La maldición del clima solo afectó al sur. El norte se blindó. No era posible entrar. Teníamos que marcharnos a otro planeta como aconsejaron los que gobernaban. Pero lejos de nuestro cielo y de nuestra tierra, tan maltratada por ellos.

–¿Es lo único que podemos hacer, Alex?

–Sí Paula, lo único. El sur será pronto un desierto sin restos de vida.

–¿Y nos vamos a Relpek 442b por fin?

–Sí, es el exoplaneta más habitable. Tal vez el único en nuestra galaxia. Seremos doscientos pioneros.

Al día siguiente hablamos con Lucas de nuestra marcha:

–¿Y habrá árboles, y flores, y lluvia allí?– nos preguntó.

–Creemos que sí.

–¡Biennnn!– aplaudió Lucas con emoción.

Reunimos los enseres necesarios y la ilusión de nuestro hijo Lucas: abejas. En una arriesgada incursión al norte pudimos conseguirlas.

–¡Ay, muchas gracias! No sabemos si allí habrá– nos dijo.

En un panal de viaje con separación de las reinas y alimentación de miel sobrevivirían.

Lucas quería adentrarse en el misterio de la elaboración de la miel y observar a estos diminutos insectos dotados de una capacidad organizativa propia de seres inteligentes.

–¡Es que lo son, papá!

Tres meses después salimos. Éramos un centenar de voluntarios para ese viaje pionero.

Todas las naves llegaron. El comandante eligió una zona plana con un riachuelo cercano. Se dirigió a todos: Señoras y señores pasajeros: todo el planeta parece verde oscuro y plano. La temperatura exterior de 25ºC ha sido constante. Es una atmósfera similar a la nuestra. Pueden bajar.

Descendimos de la nave. Laura y yo nos miramos. Una sensación fugaz de felicidad nos envolvió, como si hubiésemos escapado de alguna clase de muerte. No hablamos. Solo mirábamos a nuestro alrededor. Lucas nos señaló un pequeño insecto blanco caminando entre la yerba verde-azulada. El silencio absoluto nos permitía oírlo andar. No huía de nosotros. Era el primer ser vivo que encontrábamos. Todo a nuestro alrededor era una inmensidad sin elevaciones de esa tierra. No se oían otros ruidos. No se veían animales. Un sol más tibio y grande que el nuestro desaparecía en el horizonte. A lo lejos se adivinaba un bosque. Caía la noche y nos distribuimos alejados entre nosotros, pero pudiéndonos ver. Desplegamos nuestras viviendas para pasar la primera noche de una vida sin previsión.

Pasaron muchos días y poco a poco aprendimos a desenvolvernos en ese nuevo mundo desconocido. La tierra se dejó fertilizar sin exuberancia por nuestras semillas. La capa de humus era muy escasa. Más abajo, rocas. En la tierra solo encontramos insectos. En el riachuelo, que se ensanchaba en su curso, peces abundantes muy distintos de los nuestros. Los árboles del bosque al que llegamos, eran altos y sin copas. Sus frutos ácidos, y sus hojas nacían del tronco. Pero a partir de unos diez metros de altura se inclinaban y descendían a tierra en una curva perfecta para echar nuevas raíces. Era un paisaje mágico: un inmenso laberinto de arcos penetrado por el sol que dibujaba un fascinante damero de luces y sombras.

La mayoría de las abejas de Lucas habían sobrevivido. Libaban de unas diminutas flores azules que crecían en la parte más alta de los tallos de yerba verde. Era la razón del color de esas inmensas praderas que tapizaban todo. Al probar esa miel su dulzor era muy intenso. Las abejas producían enormes cantidades y su número crecía sin cesar. Se llenaba el campo de colmenas y nuestra vida no era ya solo sobrevivir.

Cinco meses después, por fin los vimos. Eran los habitantes de Relpek. Aparecieron veinte individuos. Nuestros vecinos se nos unieron para recibirlos. No parecían radicalmente distintos a nuestra raza. Eran muchas las similitudes. Muy altos y longilíneos, delgados, alopécicos y de color cobrizo. Sus cráneos alargados y pequeños. Los ojos redondos, grandes y todos amarillos. Avanzaron con parsimonia hasta detenerse cerca de nosotros. No transmitían temor. Hablaron. Su lenguaje era muy básico. Palabras con chasquidos y gran gesticulación de sus extremidades superiores y sus cabezas. Correspondimos añadiendo movimientos a nuestras palabras y gestos. Nos sentamos y ellos lo hicieron doblando sus rodillas y reposando sobre sus piernas. Nos parecieron primitivos e ingenuos. Les ofrecimos alimentos frescos obtenidos con nuestras semillas en su tierra, pero no mostraron interés. Apareció Lucas con platos, cucharas y grandes recipientes llenos de miel. Rellenó los platos y los repartió. Al probarla con sus tres dedos ocurrió un hecho insólito y un espectáculo sorprendente: un coro de voces, chasquidos, ruidos guturales, gesticulaciones con los brazos y saltos de la altura de sus cueros nos dejó conmocionados e inmóviles. Ellos debieron notar nuestro temor y señalaban los platos con la miel. Debía ser el primer sabor dulce de su vida. Al terminar, cesaron sus palabras ruidosas y alargaron hacia Lucas sus platos vacíos. Él los volvió a llenar.

En los meses siguientes fueron llegando más y más habitantes. Resultó fácil entender su lengua y muy difícil hacernos entender. Su desarrollo cerebral era muy pobre tal vez por la falta de glucosa. Lucas les enseñó todo lo relativo a la producción de miel y cómo crear nuevas reinas y colmenas. Les explicamos el peligro para sus organismos de su abuso. Más tarde supimos que no lo entendieron. Observábamos cambios físicos en muchos de ellos que acudían a nosotros porque se encontraban mal. Entonces fuimos conscientes de sus excesos. Demasiado tarde. No teníamos control sobre sus colmenas y se estaba produciendo una enfermedad grave colectiva que empeoraba a extraordinaria velocidad. Nuestra escasa insulina sintética no sirvió. Cuando murió el primero de ellos nos lo trajeron a la colonia entre cuatro: nos pedían que se lo devolviéramos. Una gran decepción apareció en sus tristes rostros al saber que no era posible.

Al desaparecer sus visitas, fuimos conscientes de la magnitud de la tragedia. Nunca volvimos a ver a ningún habitante de Relpek 442b con vida. Durante meses recorrimos una gran superficie de terreno y pudimos ver sus ritos funerarios. Los cadáveres no eran inhumados. Simplemente los cubrían con esa tierra ácida en la que desaparecían en poco tiempo. Nos invadió un terrible sentimiento de culpa y una gran tristeza. Ni siquiera pudimos disculparnos por ese estúpido exterminio de seres inofensivos.

Tres meses después volvimos a la colonia. Habían llegado más naves con nuevos colonos y animales terrestres.

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