Tía Amalia

Tuvimos que ingresar a tía Amalia en una Residencia. No nos era posible atenderla con los cuidados que requiere su enfermedad. Tiene setenta y nueve años y es la única hermana que tuvo mi padre, mucho más joven que él. Mis padres habían fallecido. Mi tía vivió con nosotros desde los primeros síntomas de ese proceso degenerativo. Su lucidez ha permanecido siempre intacta.

El cataclismo económico y la ruina de la empresa de mi padre, próspera y saneada hasta entonces, los arrasó a los tres. Su socio y amigo, lo causó mediante un desfalco muy bien tramado: desapareció con el dinero y una amante; nunca se los pudo encontrar. Los situaban en alguna de las islas caribeñas sin tratado de extradición con España. Lo poco que pudo recuperar mi padre, le permitió sacar adelante a la familia. Mis recuerdos de aquellos tiempos son escasos.

Las primeras semanas tras su ingreso, visitábamos a mi tía con mucha frecuencia. Me conmovió ver tantas ancianas y ancianos, de edades muy avanzadas, en los que esa longevidad había dejado sus huellas, en algunos casos, muy visibles.

En otros, el silencio de sus miradas, sin atención ni destino, me producía desconcierto y una gran impresión de matiz desconocido.

¡Qué pena no poseer esos dones que dicen tener los ángeles, capaces de escuchar los pensamientos y hablar sin ruido! ¡Qué sutil manera sería de comunicarnos con ellos!

Desde los primeros días, cada vez que iba a verla, la encontraba acompañada por el mismo caballero. Un señor muy mayor, delgado y de aspecto pulcro, que charlaba con ella, siempre con una sonrisa. Mi tía Amalia lo escuchaba y sonreía con él. Al llegar yo, se despedía con un saludo y se marchaba. Me llamó la atención esa reiteración y decidí hablar con la directora del centro.

–Se llama Luis Cuadrado –me dijo– tiene noventa y dos años y lleva con nosotros más de tres. No tiene familia y es un hombre muy afable y educado.

Al preguntarle yo por su delgadez y aspecto enfermizo, simplemente dijo:

–¿Cómo me pregunta eso?

Me excusé:

–Le pido disculpas, tiene usted mucha razón.

En una de mis visitas, el conserje se dirigió a mí:

–Luis Cuadrado me ha dicho que, si le veía, le preguntara si podía hablar con usted.

–Claro, dígale que lo espero aquí.

Bajó, me saludó con una sonrisa y nos dirigimos a una salita privada.

–Me ha dicho su tía Amalia que se llama usted Ignacio.

–En efecto, y usted Luis.

Afirmó con la cabeza y me miró:

–Permita que le explique la razón, que se preguntará imagino, de querer hablar con usted.

–Pues sí, pero encantado de escucharle. Usted me dirá.

–Tengo noventa y dos años y estoy muy enfermo. No tengo familia ni amigos, salvo su tía Amalia, a quien he tenido la suerte de encontrar. Mi plazo de vida es ya muy breve. Lo sé y lo acepto con serenidad. Como puede suponer, no tengo herederos. Su tía precisa muchos cuidados y por ello he decidido dejarle unos ahorros que he podido reunir. Ella no sabe nada de esto y yo sé del cariño que se tienen ustedes. He arreglado todo con el notario, y a mi muerte le llamará a usted para los trámites necesarios y una carta con algunos detalles adicionales ¿le parece bien?

Me quedé sorprendido y respondí:

–Tan solo puedo añadir mi gratitud personal y la que mi tía Amalia no podrá transmitirle. ¿Porqué no se lo quiere contar usted?

–En su momento lo sabrá. Gracias por escucharme y, se lo ruego, no le diga nada a Amalia.

–No se preocupe, respetaré su voluntad, puede estar seguro.

Nos despedimos y en nuestros encuentros posteriores, conservamos la misma actitud previa a nuestra conversación. Tres semanas más tarde recibí una llamada de mi tía: me contó el fallecimiento de su amigo Luis. Acudí a verla y la encontré muy triste. Al día siguiente recibí la del notario:

–Como sé que conoce los deseos de Don Luis, quería decirle que tengo para usted un paquete cerrado y sellado con lacre, cuyo contenido desconozco. Me lo dejó Don Luis para que se lo entregara antes de leer el testamento ante Doña Amalia.

Un día después, recogí el paquete en la notaría. Mi mujer y yo lo abrimos: contenía un sobre voluminoso, unos papeles, una llave especial y una carta que leí en voz alta.

Decía así:

Mi nombre verdadero es Manuel Pérez Caramuel.

Yo era socio de su padre y fui el autor del desfalco que arruinó a su familia.

He pasado mi vida huyendo de la justicia y de mí mismo. Obtuve una identidad falsa que nunca fue ni será ya, detectada.

Volví a España hace unos años y por razones de salud ingresé en la residencia a la que llegó su tía Amalia. Al reconocer quién era, la poca vida que me quedaba dio un vuelco. A partir de ahí ya conoce usted todo. No quiero hablar de mí ni pretendo pedir un perdón que solo le provocaría una mueca de desagrado. Solo quiero devolver lo que me queda de lo que robé, aunque lo supe invertir bien y podrá sufragar algo más que el tratamiento de Amalia. En el paquete encontrará un sobre con una estimable cantidad de dinero. También la llave de una caja fuerte: con las autorizaciones y el documento que firmará en la notaría, podrá acceder a esa caja en el banco indicado: contiene objetos de mucho valor. Los gastos de todo ello podrá cubrirlos sin problemas con los haberes de mi cuenta corriente que, naturalmente, pasarán a su tía.

Antes de despedirme, me permito sugerirle que no le cuente nada de esto a su tía; en realidad es su dinero, y de usted también, pero a su tía le será de más utilidad mientras viva. No haga que lo deseche por su origen. Es Luis Cuadrado quien se lo deja por regalarme su tiempo en mis últimos días.

Permítame hacer algo bueno, aunque sea al final.

María Luisa, mi mujer, y yo nos miramos:

–¡Santo dios, qué sorpresas nos da la vida! –dijo María Luisa– ¿y qué hacemos ahora?

–Supongo que cumplir sus deseos; parece que es justo ¿no crees?

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