La vuelta

Hacía muchos años que no iba por la casa y no recordaba haber estado nunca en esa época; mi madre la había heredado de su padre, él del suyo y así sucesivamente a lo largo de muchas generaciones. Durante mi infancia, y hasta el fin de la juventud, fue para mi el lugar de la libertad absoluta; del sol del sur y del océano Atlántico, de los veranos de tres meses de amores y calores, del viejo de las arropías en la playa y del olor a vinagre en el pelo después del mar; de no dejar de vivir todo lo nuevo que bueno o no, llegaba a raudales.

Envuelto en esos recuerdos, al bajar del coche fui consciente de que el frío al atardecer temprano del invierno, también llegaba hasta este pueblo de la costa de Cádiz, bello, antiguo y repleto de historia. Cuando estuve ante el enorme portalón de madera recia que da a la calle, noté una sensación nueva que no reconocí. Lo abrí, pasé el zaguán y llegué a la cancela de hierro que da paso al patio y a través de una arcada al jardín interior. Aunque estaba abierta, agarré el tirador de bronce que hace sonar una campana en la parte alta de la casa y tiré dos veces. Sonó muy fuerte y pude ver desde donde estaba, docenas de palomas, gorriones, jilgueros, desaparecer del jardín interior, cuya descuidada frondosidad podía verse desde la cancela: en el centro el gran limonero viejo moteado del amarillo de sus frutos. Esa era la sensación que había tenido al llegar: nostalgia de ese pasado feliz que ya era solo recuerdo. Sentí el aroma de las plantas mezclado con el inconfundible de la Manzanilla, el vino fino de Jerez, que pasaba a través de la ventana que compartía el muro del jardín con el de su bodega siamesa. Desmotivado por un ejercicio profesional aburrido y gris, había decidido preparar unas oposiciones al cuerpo diplomático en la soledad de ese caserón en el que había pasado tanto tiempo. Construida la casa a finales del XVIII, era típica del sur gaditano, de balcones cubiertos que sobresalen de las fachadas, con aberturas laterales que a ras de suelo los llaman cierros y se abren para charlar con los que pasan por la calle. Tras la cancela un patio de mármol blanco con sillones y mecedoras de anea o de rejilla, para disfrutar del fresco de la tarde en la corriente que corre del jardín hasta la calle o al contrario, según el viento que mande. Por la escalera lateral se llega a la primera planta de cuatro galerías, con ventanas y contraventanas que se sujetan con aldabillas para soportar levantes o ponientes. Frente a ellas, las habitaciones de la casa. La luz llega desde el cielo a borbotones, y recuerdo que, en verano, un toldo la teñía de magia al traspasarlo. Por otra escalera, de madera y empinada, se llega a la azotea. Sus sonidos al pisarla, distintos al subir que al bajar, se incrustaron en la memoria de todos los que fuimos dando forma a esos escalones, para alcanzar la preciosa vista del pueblo y del océano infinito, entre el sonido de las campanas de las iglesias, que de noche se turnan con el ulular de las lechuzas. En luna llena, da pena bajar.

Me dirigí al dormitorio de mi abuela, una gran habitación con una ventana muy alta que se maneja con cordones; encendí la luz y vi fugazmente una imagen en el espejo del cuarto que me sobresaltó, pero al instante ya solo estaba la mía; me pareció la abuela Ángela, pero deseché ese pensamiento. Me senté durante unos minutos en su mecedora de rejilla con la mesita auxiliar al lado, donde siempre estaba su libro de oraciones. Ocupaba su sitio favorito de lectura y pensé en ella; algo en mi interior me hizo tragar saliva. Deshice mi equipaje y lo guardé en el armario en el que aún quedaban algunas cosas suyas; desprendía un olor residual a su perfume, a humedad y a naftalina. Me metí en la cama, pero el frío húmedo y mis sueños, solo me dejaron dormir a ratos. En uno de ellos, oí los pasos inconfundibles de mi abuela con sus zapatos negros abotinados de tacón bajo, que casi siempre usaba; al encender la luz, cesaron. Ya de día me despertó el frío y la vuelta de un sueño recurrente de lo que ocurrió la última vez que la vi. Yo tenía siete años y jugaba con un primo al escondite; corría tras de mí y yo me escondía de él; cuando estaba a punto de atraparme me metí donde sabía que no se atrevería a entrar. Yo sí lo hice y abrí, sin pedir permiso, la puerta del cuarto de mi abuela; me quedé paralizado: estaba semidesnuda.

Yo no había visto ningún desnudo que no fuera el mío y el primero que veía, de noventa años, se quedó grabado en mi retina: me miraba sorprendida con su pelo de nieve suelto y caído sobre su pecho y sus hombros; sus manos de dedos largos y huesudos, sujetaban sobre su cuerpo la combinación que se iba a poner; recuerdo su piel blanca y fina, casi traslúcida y tersa como sus pómulos; en mi sueño, parecía una estatua blanca que me miraba erguida y serena. Dijo algo que no escuché, porque corrí asustado y lleno de vergüenza. Así pasó, y así se repite en mis sueños.

Al día siguiente salí con mi padre muy temprano de vuelta a casa: se habían acabado las vacaciones y entendió que no me despidiera de la abuela que aún estaría dormida. Al cerrar la cancela, miré hacia las ventanas de la galería y creí verla con una sonrisa en sus labios. Poco después, mi abuela murió. Mi madre nunca hizo mención alguna de mi imprudencia.

Para preparar mi oposición, me instalé en una salita con una amplia mesa de despacho y uno de esos balcones que sobresalen de la fachada, donde mi abuela se sentaba a escribir cartas y hacer cuentas, ante un pequeño escritorio o bureau, como ella lo llamaba. Al terminar mi primer día, ya de noche salí a cenar. De regreso y antes de cruzar la calle para entrar en la casa, me aparté para dejar paso a un automóvil que, al hacerlo, iluminó el balcón de la salita; no daba crédito a lo que vi: mi abuela estaba sentada ante su bureau. Corrí hasta allí, pero al encender la luz, ya no estaba.

La noche siguiente, volví a verla en el mismo lugar; esta vez al bajar de la azotea de noche y encender la luz de la galería, pero la imagen se disipó al acercarme. La tercera noche esperé frente a la fachada el paso de otro automóvil y la volví a ver en el balcón, inclinada sobre su escritorio con la tapa abierta; cuando entré había desaparecido, pero la tapa seguía abierta.

¿Qué me quiere decir la abuela? me pregunté, porque yo no tenía duda de que trataba de comunicarse conmigo.

Tal vez por ello, miré dentro de su bureau y, entre otros papeles, vi un precioso libro de piel burdeos sin título; al abrirlo, en la primera página se leía de su puño y letra la palabra «Diario». Busqué en las últimas páginas, y ese día en que la vi por última vez: con letra firme había escrito:

¡Pobre Alfonsito! –Qué susto se habrá llevado al encontrar a su pobre abuela desnuda– No sé si me oyó cuando le grité que no se preocupara, porque echó a correr como alma que lleva el diablo. Tengo que llamar a mi hija Carmen para que se lo diga, o que me lo pase para hablar yo con él.

No había nada más en su diario.

Mi abuela Ángela, pudo al fin hacerme llegar su cariñoso mensaje para despreocuparme.


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