Gaviotas

Desde que Juan comenzó a trabajar en el hospital con contrato fijo, nos planteamos la compra de una casa. Así lo hicimos antes de quedarme embarazada de Bruno, nuestro único hijo. Los dos queríamos alejarnos de la ciudad. Era un sueño compartido que se precipitó por algo que nunca pensé que me pudiera ocurrir: un acosador que, durante meses, cualquier día y a cualquier hora, me seguía a una distancia que no me permitía verlo. La primera vez que me pareció que era seguida por alguien, se lo conté a Juan, mi marido:

–¿Estás segura de que te sigue, Beatriz?

–Eso me ha parecido Juan.

A los pocos días no fue solo una sensación: creí verlo en dos ocasiones al volverme. Lo denunciamos la tercera vez que ocurrió y tuve la certeza de que me seguía. Nunca pudo ser localizado por la policía. Tan solo en una de las vigilancias pudieron obtener algunas fotos de su figura, pero no de su rostro semioculto. Fue el detonante de nuestro cambio.

La casa estaba a solo media hora de la ciudad, en una zona de acantilados de gran belleza, pero cuando estabas allí creías haber cambiado de planeta. Era una casa bonita y de buen tamaño, a setenta metros sobre el mar infinito como su belleza cambiante, y a seis del límite en que el acantilado baja casi en vertical hasta una pequeña playa.

Desde que llegamos, nuestros únicos vecinos fueron una pareja de gaviotas que habían anidado muy cerca de nuestra terraza y criaban dos polluelos aún con plumón gris. Se turnaban en la vigilancia y en la búsqueda de comida para ellos. Desde el principio nos observamos mutuamente y poco a poco se fueron acostumbrando a nosotros.

Cuando nos dimos cuenta de que sobrevolaban nuestra terraza, Juan, dejaba algo de comida en la mesa y las mirábamos desde dentro. Al principio se la llevaban al vuelo, pero cuando se sintieron seguras, se posaban con parsimonia a comer todo lo que les cabía para regurgitarlo después.

Sus pequeños se acercaban y con sus picos estimulaban la mancha roja que sus progenitores tienen bajo los suyos. Nunca estaban solos, o en muy raras y breves ocasiones.

En una de ellas, sentados Juan y yo en la terraza, observamos a una urraca que, salto a salto, se iba acercando al refugio de los polluelos. Buscamos al padre, pero no lo vimos.

Juan, corrió a la valla de la terraza gritando y lanzando piedras a la urraca hasta que la hizo huir.

En ese momento apareció el macho que la persiguió hasta alejarla; al volver al nido sus polluelos acudieron a su encuentro.

Nos miró varias veces y estiró el cuello, cabeza y pico, rectos como una lanza hacia el cielo, y graznó con gran intensidad. Sus ruidos eran los que se oyen en sus juegos. No tuvimos duda que nos mostraba su gratitud. Las gaviotas son aves inteligentes, muy sociales y comunicativas.

Dos o tres meses más tarde, cuando los polluelos, ya gaviotas, aprendieron a volar, las cuatro desaparecieron. Pero un año más tarde, antes de nacer Bruno, la hembra volvió al antiguo nido y graznó hasta que apareció el macho. Monógamas de por vida, vuelven al año de dispersarse al mismo lugar donde hicieron su nido para rehacerlo y criar de nuevo; esta vez, tres polluelos; aún no habían pasado los cuarenta o cincuenta días que tardan en poder volar, cuando algo terrible ocurrió.

Una tarde de calma y de sol me senté en la terraza para darle el biberón a Bruno; Juan estaba en el hospital de guardia hasta el día siguiente; se oía el suave ruido del mar en la lejanía de nuestra altura, entre los graznidos de mis vecinas y sus compañeras. De repente me sobresalté al oí abrir la puerta de la casa pensando que era Juan y que algo había ocurrido; me volví y al ver que un hombre entraba me asusté, dejé a Bruno en su cuna y me dirigí a ese sujeto:

–¿Quién es usted? ¿Qué hace en mi casa?

–¡Cállate la boca que aquí nadie te va a oír, y haz lo que te diga si no quieres que le pase algo a tu hijo!

Comenzó a avanzar hacia mí; era un hombre de estatura media y cara desagradable.

–¿Qué busca aquí? ¿Qué quiere de mí?

–¡Tú sabes lo que quiero de ti hace tiempo, así que no me lo pongas difícil!

Reculé y me coloqué delante de la cuna de Bruno.

–Si no vienes adentro, iré yo a por ti o a por tu hijo.

Me mantuve donde estaba y él se precipitó hacia mí. Arrastré conmigo la cuna hasta la esquina de la valla de la terraza y pude hacerme con una pequeña azada que dejábamos con otras herramientas. Al llegar a mi altura solté un golpe que le alcanzó en el hombro. Aulló por el dolor, Bruno comenzó a llorar con fuerza y vi que se acercaba a su cuna. Grité tan alto como pude:

–¡No lo toques maldito cabrón! ¡No te atrevas!

Bruno lloraba con mayor intensidad y yo seguía gritando y amenazándolo. Sacó un revólver y apuntó a la cuna; me abalancé sobre ella cubriéndola con el cuerpo.

De repente un ruido ensordecedor de graznidos que se nos echaba encima, nos paralizó: primero apareció el macho de cabeza grande vecino nuestro, y tras él muchas otras gaviotas encolerizadas; dirigidas por él, atacaron al intruso con picos y garras; huyó hacia el interior de la casa, pero lo siguieron y obligaron a salir de nuevo afuera. Aproveché ese momento para encerrarme dentro con Bruno, cerrando la puerta con llave. Vi que ese hombre se apoyaba en la valla y trataba de disparar contra ellas; no le fue posible: una le arrancó el arma con las garras y viéndose acosado y sin salida, intentó huir saltando la valla. Fue su perdición: todas al tiempo lo agredieron hasta hacerlo rodar por el acantilado. Me quedé sobrecogida; abracé a Bruno contra mi pecho hasta que dejó de llorar; también yo me tranquilicé y pude marcar el teléfono de la guardia civil y del hospital de mi marido.

Cuando llegaron, salí con ellos a la terraza. Salvo pequeños detalles, nada recordaba lo que allí había pasado.

Me asomé al acantilado. Algunos efectivos habían llegado ya a la playa. Rodeaban la silueta de un cuerpo cubierto con un plástico. Me volví hacia mis vecinos. El macho me miró, y de nuevo elevó la cabeza, cuello y pico rectos hacia el cielo y graznó repetidas veces.

Juan fue sustituido por un compañero y pudo volver a casa.

Tras la comparación de las fotos y el cadáver, se cerró el caso.


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