En el valle del Rift

Nuestro último encuentro recordaba los estertores de una vela justo antes de apagarse. Dos días después, la llamé. Me contestó con voz áspera:

-Vaya Juan, llevo dos días esperando oír tu voz.

-Los mismos que yo, Beatriz, pero no voy a discutir. Te llamo para decirte que me voy a África, a pasar tres semanas. Voy solo; necesito pensar en todo esto.

-Por mí puedes hacer y pensar lo que quieras; no creo que me encuentres a tu vuelta.

-Agradezco contar con tu permiso. De acuerdo, en ese caso ocuparé mi pensamiento en otra cosa.

Fin de un año y dos meses. O de diez meses buenos y cuatro de sobra, que, como en el mundo taurino, los sobreros suelen ser broncos y resabiados.

Aunque conocía bien el este de África, nunca había podido llegar a uno de los pocos pueblos primitivos, cazadores/recolectores, que aún sobreviven y mantienen sus costumbres ancestrales contra quienes quieren su integración de miseria: los Hadzabe, una de las ramas del antiguo tronco común bosquimano, nómadas que se mueven por la periferia del lago Eyasi, en el norte de Tanzania. Allí reservé alojamiento en un campamento de tiendas muy confortable, dentro de la falla geológica que forma el gran valle del Rift, una inmensidad verde y rebosante de vida.

               TENT CAMP

Tomé un taxi en Arusha; cinco horas hasta el campamento.

Me recibieron los dueños, Robert y Clara, sudafricano y anglo-chilena. Pude alternar el inglés con el español de Clara, con acento chileno inconfundible.

En la primera charla, se adelantó mi curiosidad:

-¿Cómo has acabado aquí desde Chile, Clara?

-Con veinte años y una mochila quise conocer África, y aquí sigo. Apareció en mi camino Robert, y decidimos montar este campamento.

Era una mujer muy atractiva, al borde de los cuarenta, amable y locuaz.

-Me encanta hablar en mi lengua. Llevo años con inglés y swahili.

-¿Robert no habla español?

-No, ni una palabra ni el menor esfuerzo.

Cambié de tema: no tenían hijos. Me explicó todo lo referente a mi estancia y mis planes. Podría conocer a los Hadzabe y verlos cazar. Tras la cena, Clara, se me acercó:

-Mañana salimos los dos y en el desayuno planificamos el día. Robert atenderá a los alemanes que llegaron ayer. Cuando vienen españoles o latino-americanos, me ocupo yo. Me encanta y me relaja.

-Pues no sabes cómo me alegro; a mí también me va a relajar, que buena falta me hace.

Me miró con la mitad de una sonrisa, y un gesto interrogante sin preguntas.

                                                                                LOS HADZABE

Los días siguientes estuvimos con los Hadzabe; pudimos verlos cazar. La destreza de este pueblo con el arco y las flechas es asombrosa, incluso con aves pequeñas.

También visitamos la tribu Datoga, que funden hierro como lo harían sus antepasados más remotos; intercambian puntas de flechas y lanzas, por pieles de animales que cazan los Hadzabe.

                                                                                LOS DATOGA

Fueron días de gran intensidad. Empezaban al amanecer y me parecía que terminaban en un rato; esa era mi sensación, pero al llegar la puesta de sol, que en África impresiona hasta los más recios, el día se iba con todas sus horas consumidas.

La distancia que me separaba de España, también lo hacía con Beatriz: su recuerdo indolente se evaporaba.

De noche me costaba dormir. No era la cama, era la imagen de Clara, en mi cabeza.

No tardó en hacerme la pregunta esperada:

-¿Porqué has venido solo, Juan?

Le expliqué mi situación reciente.

-¿Y realmente has venido para reconsiderar algo?

-No, simplemente he venido.

Me contó la suya:

-Desde hace un año, somos socios, nada más. Pero Robert, no quiere aceptarlo, no quiere venderme su parte ni comprar la mía. Es muy incómodo; a veces algo más. El whisky le gusta y eso no ayuda; he tenido que poner un cerrojo en mi cuarto.

Los planes para mi viaje incluían llegar al río Mara con un guía, para lo que se necesitaba más tiempo. Se lo propuse a Clara:

-¿Te complicaría ese viaje? pregunté.

-No Juan, el viaje no me complicaría nada, al contrario, no te voy a mentir. Déjame pensarlo esta noche y hablar con Robert, si está sobrio.

Al verlos por la mañana supe que habían hablado. Clara se dirigió a mi:

-Nos vamos, Juan.

Cuando estuvimos en el coche añadió:

-Estaré encantada de acompañarte. Lo demás no importa. Hoy pasaremos otro buen día.

-Espero no empeorar la situación con mi propuesta.

-Mañana nos vamos al Mara, Juan. Sin más palabras.

Ese día, en mi primer encuentro con Robert, no respondió a mi saludo: dejaba todo muy claro.

Al siguiente, salimos muy temprano; su mirada hostil nos siguió hasta que nos alejamos.

El viaje de diez horas hasta el río Mara, también me pareció un paseo. África es un espectáculo maravilloso en movimiento constante. Miles de animales diferentes lo transforman sin interrupción. Durante tres días, recorrimos la vertiente occidental del Mara. Mi retina no abarcaba todo lo que veía. Acampamos en lugares conocidos por Clara. Al cuarto, decidió cruzarlo por donde sabía que no era difícil.

                                                                                 EL RÍO MARA

Llegamos al atardecer y encontramos un atasco de troncos apelmazados que obstruía ese acceso. La tormenta del día anterior los había llevado hasta allí. Clara, encontró otro paso que no le pareció dificultoso y entramos. Cuando vimos el pequeño remolino, el 4x4 ya había metido el morro en un pequeño agujero: estaba inmovilizado. El río pasaba sin violencia sobre la parte delantera del coche, pero no fue posible sacarlo. Tampoco podíamos salir: los cocodrilos, invisibles en el agua y visibles en tierra, lo impedían. Miré a Clara, que adivinó mi pregunta:

-Los cocodrilos no son una amenaza dentro del coche, pero no podemos salir de él. En tierra no hay depredadores ahora; se ven muchos herbívoros pastando -me señalaba con la mano- pero pueden aparecer en cualquier momento.

Clara, llamaba sin cesar al campamento a través de la radio. No había cobertura para móviles.

-¿Porqué no te contesta Robert?

-Me gustaría poder responderte, Juan.

Fue una suerte tener provisiones y agua. Me sentía muy tranquilo con la despreocupación de Clara.

-No, no estoy preocupada -me decía- es fastidioso estar así pero no corremos peligro. El rifle de atrás está cargado.

Pasamos la noche en el 4x4, entre charlas y cabezadas. Sobrecogían los rugidos de los leones. Me desperté al oír moverse a Clara; vi que montaba el rifle; amanecía. Me señaló algo con la mano:

-Son furtivos; quiero que vean que tengo un arma.

Vi a dos hombres que nos miraban desde la orilla; llevaban trampas y rifles.

-No creo que se atrevan, dijo Clara.

De repente echaron a correr hasta perderse y poco después apareció un jeep con guardas armados: iban tras ellos.

Nos dijeron que nos enviaban ayuda con grúa para sacarnos del río; ellos siguieron a los furtivos.

Fuera del agua, nuestro coche se puso en marcha al primer intento.

Nos dirigimos a un campamento conocido de Clara. Esa noche, tampoco dormimos demasiado. Antes del amanecer, reemprendimos la vuelta con menos palabras y más pensamientos:

Una pregunta aparecía y desaparecía en mi cabeza como un anuncio nocturno de neón ¿Y ahora qué?

Al llegar, Clara fue directamente a ver a Robert; tardó poco en volver llena de rabia:

-Me ha dicho con cinismo que no pensó que debía estar al tanto de nosotros; apagó su receptor. Te aseguro que es el fin. Se lo he dejado muy claro y sé que me ha creído.

Yo volaba esa noche de vuelta. Clara me lo dijo con palabras:

-¿Y ahora qué, Juan?

-Si no vienes a Madrid, volveré muy pronto. Tú también tendrás vacaciones ¿no?


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