El pescador

Durante su vida, Carmen, fue de la misma manera en que ocurrió también su muerte: discreta, prudente y sin molestar. A Manuel, su marido, de ochenta y un años y endurecido por su trabajo, lo enterneció el amor que siempre le tuvo. En su entierro lloró por primera y única vez. Carmen, el mar y la pesca lo fueron todo para él

Se casaron hacía sesenta años y no tuvieron hijos.

Fue una hermosa mujer que, hasta su final, ajada por el paso del tiempo, el sol y el viento de levante, mantuvo los rastros de la belleza de su juventud.

Nacieron en un bonito pueblo de la costa atlántica del sur de España, rodeado de romero, lentisco y lavanda, de pinares y acantilados donde abundaban la pesca y las aves marinas.

A pesar de su edad, Manuel aún era un hombre alto, de caminar erguido, tez curtida y manos ásperas de su brega con las artes de pesca. Cuando su juventud quedó lejos, se hicieron una casa en la playa y compraron una pequeña barca para pesca de bajura; en ella pasaban sus días entre el sosegador murmullo de las olas y las pocas palabras que sus encogidos sentimientos les permitían cruzarse.

Tras la muerte de Carmen, Manuel se hacía menos a la mar. El dolor de esa ausencia disipaba un futuro desanclado que, para él, ya no era nada. Desde entonces, al despertar con el alba cada día, tras un breve intervalo de una dulce inconsciencia, la realidad le traía un sentimiento nuevo y cruel que reconoció en poco tiempo:

–Aquí estás hoy también– le decía a la honda tristeza que se adueñó de su existencia solitaria.

En la mar, se dejaba ir con el viento de levante y le preguntaba por qué se tuvo que llevar a Carmen. Su mirada no se podía apartar de las olas que lo atraían con fuerza; más de una vez pensó acurrucarse en ellas y dejarse mecer hasta encontrarla.

Enflaquecía y se retiraba a dormir cuando el sol se iba por el poniente.

–Dormiré sin ti hasta verte mañana, si mi Carmen no viene hoy tampoco a recogerme- le decía al sol del atardecer.

Pero una noche, Manuel tuvo un sueño que se hizo recurrente: paseaba entre los acantilados y veía un gran cormorán negro posado y erguido sobre una roca, que lo miraba. Él se dirigía hacia el pájaro y a medida que se acercaba, el cormorán se transformaba en una silueta de mujer joven de melena negra, que le tendía sus brazos. Sin distinguir sus rasgos, al llegar a ella extendía los suyos para alcanzarlas, pero sin conseguirlo, pues ahí siempre despertaba de su sueño.

Cuando cada atardecer se iba a dormir, solo deseaba soñarlo de nuevo.

Un día al entrar en su casa, se quedó atónito e inmóvil, al ver, sobre la alacena de la sala, al gran cormorán negro de su sueño, que lo miraba sin moverse y sin intentar huir. Tenía manchas de sangre en el pecho y en el ala izquierda desplegada.

Se observaron mutuamente. Manuel se hizo a un lado y dejó la puerta abierta para permitir su huida, pero el cormorán no se movió ni dejó de mirarlo; esa mirada le produjo un estremecimiento que lo conmovió más allá de lo que era capaz de entender. Así no puede volar, necesita que yo lo cure.

–Si quieres vivir y volver a volar –le dijo– tengo que curarte, aunque te haga daño.

El pájaro no dejaba de mirarlo.

–Sé que me quieres decir algo –dijo Manuel– pero lo primero es ver tus heridas.

Tomó una escalera para subir hasta la altura del ave y acercó los brazos a sus flancos; con delicadeza lo sostuvo en sus manos para depositarlo en la mesa de la sala; pudo notar en sus palmas recias los latidos del gran pájaro, y sintió nuevamente ese estremecimiento. Se acercó con su botiquín:

–Qué pena que no puedas hablar, pero si me quieres agradecer que te cure, espérate a que lo haga. Tus heridas son feas.

Las lavó; él se dejaba hacer con algún leve encogimiento cuando las desinfectaba.

–No te preocupes, eres grande y fuerte; si aguantas, te curarás para poder volar de nuevo.

Manuel curó a su compañero, porque así quiso llamarlo; compartía con él la pesca y le contaba de su vida como nunca antes lo había hecho con nadie.

–Me miras así porque me entiendes ¿verdad? ¡lástima que no puedas hablar! Tendrías muchas cosas que contarme; a lo mejor tú sabes quién era mi Carmen; y si no, yo te lo contaré.

Le hablaba de su infancia y de la primera vez que salió a la mar con su padre, cuando solo tenía cuatro años; del primer pez que sacó con un sedal y un anzuelo. Y que siendo de mediano tamaño y él muy pequeño, consiguió atraparlo.

No tuvo hermanos y con su padre aprendió de la mar y la pesca.

–Ya sé que los de tu especie sois buenos pescadores, pero muchos de mis compañeros no os quieren porque les quitáis lo que necesitan para vivir. Desde lo alto los veis y atrapáis a los mejores.

–Mi Carmen decía que tenéis el mismo derecho de pescar que nosotros; que también lo necesitáis para vivir, y que nosotros podemos comer casi de todo. Ella no era de mucho hablar, pero si lo hacía, yo siempre la escuchaba. Hubieras hecho buenas migas con ella; y una buena compañía para cuando se quedaba sola.

Le contaba sus amoríos con Carmen, la única mujer de su vida.

–Y por más vidas que pudiera tener, no querría otra.

Que se conocían desde niños, cuando él tenía catorce años y ella once.

–Pero a esa edad solo estábamos juntos cuando había alguien, no vayas a pensar mal.

Que no tuvieron hijos, pero que eso no les impidió ser felices. Y que desde que se fue Carmen, él sólo esperaba que lo llamara y se lo llevara cuanto antes.

Desde que llegó el cormorán, Manuel, soñaba su sueño cada noche, pero siempre se interrumpía en el mismo momento. También notó que sus fuerzas se iban debilitando y que hacerse a la mar le suponía un gran esfuerzo. El ave comenzó a aletear y él le abría la puerta de la casa para que pudiera recuperar el vuelo. Y así lo hizo un día por primera vez. Manuel lo observaba y le decía:

–¡Vuela amigo, vuela, vete antes de que me vaya yo!

El cormorán ocupaba un espacio cada vez más cercano a él; compartían todo menos la palabra. Los días de pesca iba en la barca posado en la popa sin moverse; y de vuelta, cuando Manuel se iba a acostar, esperaba desde la alacena su gesto para posarse en el cabecero

Un día en el que Manuel, dormitaba sentado en la puerta de su casa, el cormorán saltó a su hombro para, desde ahí, volar muy alto en el cielo; tras dar vueltas y más vueltas, como si quisiera llamar su atención, volvió para posarse de nuevo en la alacena de la sala. Manuel, fue tras él, y observó que el ave lo miraba con una gran intensidad; tras unos segundos batió con fuerza las alas elevándose hasta desaparecer entre las nubes.

–Tú ya estás curado y haces bien en irte –le gritaba– No me ha de tocar muy tarde a mí. Ven a visitarme mientras yo dure; te voy a echar mucho de menos, amigo.

Ese día, Manuel, sintió mucha somnolencia y un gran sosiego. El cansancio creciente de las últimas semanas había desaparecido.

Amigo mío, me has dejado tus fuerzas al marcharte, pero yo también me quiero ir.

Se acostó temprano quedándose profundamente dormido. Casi de inmediato volvió su sueño y en él apareció por un instante la misma silueta de mujer; pero esta vez, se transformaba en multitud de imágenes para agruparse después en una figura nítida e inequívoca.

Manuel, supo por fin quién le tendía sus brazos: Carmen, unía sus manos a las de él.

Durante días, sus compañeros observaron que la barca de Manuel no se había movido de su atraque, y que en la proa permanecían, inmóviles, una pareja de cormoranes negros.

Extrañados y preocupados, decidieron acudir a su casa.

Encontraron la puerta entreabierta y en su dormitorio a Manuel, en su cama; lo creyeron dormido, pero al acercarse para hablarle observaron que ya no respiraba; en su rostro sereno había una sonrisa.

Durante el entierro, los hombres y mujeres de su pueblo que lo despedían, veían con perplejidad dos grandes cormoranes negros posados en un alto pino, desde donde observaban la inhumación de Manuel.



¡Crea tu página web gratis! Esta página web fue creada con Webnode. Crea tu propia web gratis hoy mismo! Comenzar